¿Cómo se puede vivir con está tristeza en el alma?


Se conocieron hace meses, todo comenzó con un simple “hola, ¿cómo estás?”, palabras al azar que fueron tejiendo historias sin principio ni final.
¿Cómo terminas hablando de tu vida? Confiando miedos y esperanzas. Construyendo confianza y brincando los límites, no sólo de la piel sino del alma.
Las cicatrices pesan, pero ella se recuerda que son cicatrices y que ya es tiempo de dejarlas sanar.
Son tan diferentes uno del otro y al mismo tiempo similares.
Ella suele ser un poco más expresiva y cariñosa; él, a veces seco y distante. Sin embargo, se complementan. Hablan en silencio. Sonríen tontamente al recordar los momentos vívidos, como el roce de los labios; dulce, impulsivo, indomable. La unión de las aguas dulces y saladas. Se dejan envolver en un torbellino de emociones; en silencio y aislados del mundo, donde el tiempo se detuvo por más de un segundo.
Hoy caminan tomados de la mano, sin planes; viviendo un momento a la vez. Disfrutan los pensamientos vagos, las risas y las conversaciones sin palabras. Se sientan en el parque a ver las personas andar y las hojas de los árboles volar. Ella mira el cielo y tiembla, siente frío y se hace un ovillo entre sus brazos.
Cuando están juntos el tiempo va a un ritmo diferente, a veces se detiene y un suspiro los sorprende. No hay futuro, no hay pasado; están aprendiendo a soltar los tiempos vívidos, tomar las lecciones del pasado y volver a empezar, sin expectativas, sin promesas, sólo estar.

La ausencia no siempre es mala. Decidí estar ausente de los comentarios, las críticas y las palabras vacías. Hoy estoy con tanto en mente que he decidido no dar entrada a un pensamiento más. 
Estoy pensando en ti; pensando en que he dicho que te quiero mientras nuestros dedos se rozaban. 
Pues si, las cosas no siempre van bien. Hay cosas que me preocupan, que no me dejan descansar por las noches. Me siento cansada, abrumada, desesperanzada, incrédula, triste y angustiada. 
Hoy estoy pensando en ti y por un momento olvido lo demás. 

Podría decir que te odio tanto como marzo, quizá un poco más. 

Cae la lluvia tan esperada y con ella mis lágrimas. Anhelo aquello que no puedo tener. 

Volver el tiempo atrás, enmendar los errores del pasado. Decirte cuanto te quiero. Lo siento. Hubiera querido hacer más, decir más, abrazar más. 

Me pesan como una loza en el corazón. 

Por favor, no te vayas. He olvidado decirte que te quiero. 

Esas son las palabras que se mezclan entre lágrimas. 

Ella sólo espera que lleguen a su alma y que sus oraciones sean escuchadas. 


Deseo bailar, dejarme llevar y sentir como la música invade mi cuerpo y acaricia mi piel; lo sacude, lo hace explotar y el cúmulo de sensaciones sale por los poros y produce un suave escalofrío. 
Siento como las sensaciones toman el control y el nudo en mi garganta se hace presente, me muevo al ritmo sensual de Sia y tengo ganas de gritar. 
Cierro los ojos y suavemente se estiran mis brazos, tomando formas de siluetas extrañas, que lentamente se convierten en un lenguaje poco común en está habitación; a media luz, sin más ojos curiosos que los tuyos. 
Siento tu mirada, el modo en que me observas en silencio y el deseo por tocarme... sin embargo me permites continuar, dejas que el momento y la música me posea. 
No hay palabras, no hay pasos o movimientos incorrectos, solo sensaciones, la música a todo volumen y las lágrimas que corren por  mis ojos mientras estallo en un grito ahogado, mudo, callado. 
Abro los ojos y estoy frente a ti, mientras me acerco, acaricias mis caderas con la yema de los dedos, me llevas a tu regazo e inhalas el sutil aroma a gel de baño como si fuera la más dulce de las fragancias. Tus dedos recorren mi espalda mientras me arqueo y doy un suave beso en tu cuello. 
La misma canción se repite una y otra vez. 
Me levanto, me alejo y no quiero que el momento termine; no quiero dejar de moverme. Hoy me siento hermosa, deseada; nunca me había sentido así. Estiro mis piernas, cierro los ojos y nuevamente me dejo llevar, giro, una y otra vez mientras mi cuerpo se vuelve una extensión de las voces, los acordes y los sentimientos. 
Seguimos sin cruzar palabra, no hay necesidad; no juzgas mis imperfecciones o mis movimientos arrítmicos. 
Mientras arqueo mi espalda y estiro mis brazos, siento tu presencia tras de mí, te unes a mis movimientos y tus labios apenas rozan mi cuello, puedo sentir el compás de tu respiración; anticipó el camino que trazan tus manos por mi cintura, mi abdomen y cómo suben hasta mi clavícula. 
Mientras nos volvemos uno con los movimientos acompasados se detiene el tiempo, me dejo llevar y me fundo en ti, en una burbuja de emociones, dónde no hay mundo ni pensamientos más allá de esté momento. 
Un baile sin fin, donde cada roce de tu piel se mezcla con los acordes y el llanto de la música en una mezcla sublime.
Trazos invisibles. Mis pies descalzos acarician el piso de madera, formando círculos y figuras extrañas; doy un paso en falso y la adrenalina me amenaza, pero la firmeza de tus brazos me reclama, me siento segura y continuamos la danza. Abrazo tu dorso con mis piernas mientras siento la fuerza de tus manos en mis brazos, la respiración se acelera y ... la música se detiene, puedo escuchar mi respiración entrecortada, el pulso acelerado y el color en las mejillas. Mientras me familiarizo con mi entorno caigo en la cuenta que estoy rodeada de máquinas, en un ambiente hostil y es un día como cualquier otro.


Y el grito se ahoga en mi pecho. 

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